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Salamina y Platea (480-479) - Jerjes en Grecia |
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Al recibir noticia del desastre de Maratón, Darío comprendió que su gloria y su grandeza estaban comprometidas si no salía victorioso de aquella lucha. ¡El soberano de un inmenso imperio, vencido por una pequeña y obscura nación! Dejar sin castigo tamaño ultraje hubiera sido un golpe funesto para su imperio, una peligrosa excitación á la revuelta á los muchos pueblos sometidos á sus leyes. Si los escitas habían escapado de los ataques de su ejército, burlando la persecución, sus desiertos más bien que su valor eran los que habían triunfado de él; y por otra parte, la conquista de Tracia hacía olvidar la inútil tentativa realizada más allá del Danubio, sin contar con que aquellas poblaciones errantes no tenían residencia fija ni punto de apoyo donde pudiera formarse una potencia rival, sólidamente establecida. Los griegos, por el contrario, eran dueños de un territorio encerrado en límites fijos, con Estados regular y sabiamente constituidos, ciudades ricas y sumamente pobladas. Por último, la reciente audacia de aquel pueblo, que en otra época llegó á insultar al gran rey en la misma Sardes, burlándose después de sus esfuerzos, despertaba recuerdos consagrados por el odio mal extinguido entre Grecia y Asia, odio que ya Homero había cantado. Gracias al poema inmortal, conservábase memoria de la lucha solemne de que habían sido teatro los campos de Troya; y al cabo de largo intervalo, íbase á representar el segundo acto de aquel drama grandioso. Comprendíase bien la solución de continuidad que enlazaba aquellas diferentes guerras, por mucha que fuese la distancia que á una de otra separaba. Cuando Jerjes se disponía á cruzar el Helesponto, detúvose en las orillas del Escamandro, visitó el palacio ruinoso de Priamo, y ofreció sacrificios á Minerva-Ilíada, así como á los héroes. Alejandro, el campeón del Occidente, debía hacer á su vez otro tanto en los mismos lugares: la lucha era, pues, de un mundo contra otro mundo. Durante tres años, á contar desde la batalla de Maratón, toda el Asia estuvo agitada, con motivo del alistamiento de soldados, organización de la flota, adquisición de caballos y acopio de víveres. En el cuarto año Egipto se insurreccionó, y Darío se disponía á marchar contra este país cuando le sorprendió la muerte (484).
El primer cuidado de su hijo Jerjes fué sofocar aquella rebelión; y después de haberlo conseguido, ocupóse de Grecia. El hombre más inclinado en favor de aquella guerra era un cuñado del rey, el fogoso Mardonio, que esperaba obtener el mando y la gloria de la expedición. «La sumisión de Grecia, decía, llevará consigo la de Europa, el país más rico del mundo, que solamente debe obedecer al gran rey.» A él se unieron los principes griegos a quienes las revoluciones habían obligado á refugiarse en Asia, contándose en primer término los Pisistrátidas, que á pesar de la muerte de Hipias no habían perdido la esperanza de reinar en Atenas, y que solicitaban siempre una restauración armada. Habían llevado consigo á Susa al poeta adivino Onomácritos, gran coleccionista de oráculos y de antiguas poesías, que interpolaba cuando era necesario, mostrando á los persas su victoria, predicha hacía largo tiempo. No sé si Demarato, aquel rey de Esparta que Cleomenes mandó desterrar, y que se había alejado profiriendo palabras amenazadoras, gozaba de favor en la corte, pues se le ve dudar continuamente del éxito; pero los Aleuades, príncipes tesalios, que deseaban consolidar y extender su poderío aunque fuese á costa de su dignidad, prometían á Jerjes el apoyo de toda la Tesalia.
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